MUCHA INCERTIDUMBRE Y ALGUNAS TENDENCIAS

COLUMNA DE OPINIÓN

Dr. Guillermo Guzmán Prudencio
Profesor Investigador
CIDES-UMSA

 

Los tiempos que nos han tocado vivir, sin duda repletos de acontecimientos inéditos e históricos, nos empujan a un día a día que alterna entre el aburrimiento de las cuarentenas y una sensación de vacío colectivo, como quien salta en grupo y de golpe a un futuro negro, una y otra vez. Este escenario tan difícil de definir o de categorizar en todas sus múltiples dimensiones es, al mismo tiempo, bastante simple de sintetizar cuando se trata de nuestras emociones, vivimos con miedo, puro y duro miedo. Es justamente este miedo el que nos impulsa a plantear escenarios futuros, a descubrir la tendencia en el caos, a encontrar patrones en la nube de puntos, en fin, a encontrar una manera para reducir la incertidumbre sobre qué pasará, sobre qué será de nosotros.


Aunque creo -con toda seguridad- que muchas cosas cambiarán una vez que esta pandemia nos devuelva a nuestra vida normal. Creo, asimismo, que otro tanto de características de nuestras vidas, nuestro sistema económico, nuestras formas de organización social, nuestra insaciable necesidad de recursos, nuestras muchas miserias y algunas de nuestras grandes virtudes, seguirán, más o menos igual; al menos es lo que parece que pasó cuando otras pestes nos asolaron, incluso con mayor éxito.


De igual forma, creo que no es posible proyectar un escenario futuro probable que determine todo lo que cambiará y todo aquello que perdurará, al menos no ahora, con tanta información imperfecta. En cambio, creo que es posible delinear solamente algunas tendencias, relativamente probables, que con mayor rigor parecen despuntar entre la nube de puntos.


Lo primero que parece haber sucedido a gran parte de los habitantes del mundo -sobre todo a aquellos que no sufrimos de guerras o eventos catastróficos recientes- es una especie de pérdida de la inocencia sobre nuestra supuesta invulnerabilidad. Aquel reconfortante sentimiento de que esto no me llegará se ha diluido de la mano de la velocidad de las comunicaciones y el transporte. No importa donde vivas, no importa lo lejos que estés, no importa (mucho) los recursos que tengas, el planeta es un globo (no es plano y aunque lo fuera), y tarde o temprano el inoportuno virus tocará a tu puerta, siempre a deshoras, siempre impertinente, siempre aciago. Aunque incomoda, creo que nuestra vulnerabilidad nos hace un poco más realistas, más conscientes de nuestra pertenencia a una comunidad más grande y, por tanto, me parece que algo bueno entraña, al menos como seres reflexivos.


En cambio, para la economía no hay buenas noticias. Está muy claro que la actividad productiva de todos los países del mundo se desacelerará sensiblemente, conllevando enormes -que digo- enormísimas pérdidas. Para grandes colectivos vulnerables el golpe -como siempre- será más duro, y no es difícil pensar en que las brechas de desigualdad social se incrementen. No obstante, como en todo, habrá ganadores y perdedores, es posible que el menor flujo de comercio internacional abra interesantes espacios para el potenciamiento de las cadenas de suministros domésticas, muy de la mano de tendencias ecologistas que abogan por reducir la huella de carbono asociada a los grandes desplazamientos. En general, es posible que hayan muchos e inesperados beneficios para el medio ambiente tanto en cuanto la actividad humana se reduzca, seguramente el propio ser humano también se beneficiará de algunos de ellos, sino de todos.


Otro aspecto sobre el que esta pandemia actuará, quizá uno central, se desarrollará en torno a dos tendencias sociales en conflicto, un mayor sentimiento de comunidad versus un mayor individualismo, con claras repercusiones en nuestra organización económica y social. Y es que, por extraño que parezca, hay razones para creer que ambas tendencias se están moviendo con fuerza en direcciones contrarias, por supuesto. Por un lado, el sentimiento de comunidad, la necesidad de buscar ayuda en el prójimo y la imposibilidad de plantear soluciones personales, son algunas de las razones que podrían llevarnos a pensar que, después de la pandemia, las comunidades se verán fortalecidas. Algunos ven en este fenómeno una señal -casi divida- del fin del sistema capitalista, yo creo que simplemente responde a nuestra naturaleza de seres sociales que, en situaciones de crisis, acudimos a nuestra comunidad inmediata en busca de protección, como lo hemos hecho siempre. Sin embargo, es innegable que se trata de una tendencia potente y que todos hemos entablado relaciones con personas que hasta hace poco no figuraban en nuestra existencia. Por otro lado, y no menos importante, existe una tendencia contraria y fuerte hacia un mayor individualismo. El miedo, nuevamente, combinado con los procesos de aislamiento y cuarentena están trasladando muchos de los ámbitos sociales de nuestra vida normal a espacios online (pensemos en la telemedicina, la banca electrónica, el supermercado con delivery, el comercio electrónico y, poco a poco, ya lo veremos, los procesos electorales vía voto electrónico). Estas actividades que antes nos llevaban, para bien o para mal, a un relacionamiento estrecho con nuestra comunidad, ahora, las podemos realizar desde casa y en estricta soledad. Creo que dependerá del grado de catástrofe civilizatoria que vayamos a vivir para que se imponga alguna de las tendencias (más comunidad o más individualismo), o acaso una nueva combinación.


En este marco y asociado al último punto, la necesidad de soluciones comunales, o incluso globales, nos lleva a pensar que las demandas colectivas (entre las que desataca obviamente la demanda por un mejor sistema de salud) pueden transformarse rápidamente en demandas por más y mejores instituciones (públicas), quizá también globales. Independientemente de que esta solución nos parezca la más adecuada o no, es razonable pensar que la interpretación general de las sociedades tienda a exigir un papel más protagónico para el Estado. Quizá esta tipo de exigencia colectiva se haga por la magnitud de los problemas que debemos afrontar (solo abordables desde una estructura tan grande como el propio Estado o la unión de muchos de ellos). En todo caso parece claro que la tendencia hacia un Estado mayor, posiblemente un Estado del bienestar, podrá imponerse con más fuerza en la agenda de los países.


Finalmente, si nuestra incertidumbre no se aplaca y la ciencia no nos da las soluciones a la velocidad que necesitamos, nos queda el refugio de la fe (a algunos). Al fin y al cabo, casi todos los credos nos prometen un algo (un futuro, vaya) más allá de la muerte y la certidumbre de que seremos recibidos por algún dios. Por tanto, no debería extrañarnos el retorno de la fe en nuestras sociedades, allá donde estuviera relegada (en el Estado, por ejemplo), y su fortalecimiento, allá donde nunca faltó. En definitiva, creo que habrá una nueva ola de búsqueda de espiritualidad, comunidad, reflexión y, si tenemos un poco de suerte, ralentización de nuestras vidas por demás veloces.

 

Dr. Guillermo Guzmán Prudencio es economista. Actualmente docente investigador en el CIDES-UMSA.

 


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